Me desperté
repentinamente, miré la hora en el móvil, me giré la miré a ella y vi que aún
dormía. Me levanté sigilosamente pero“ mis sigilos“ a veces son más sonoros que
el sonido de tres batucadas juntas, así soy yo. Y al poner el primer pie sobre
la baldosa, sentí un líquido frío muy desagradable que me produjo un tremendo
escalofrío y al querer cambiar de posición, tropecé y mi cuerpo aterrizó sobre
un objeto inesperado : Una silla. Y lo que fue silla por unos instantes dejó de
serlo quedando desintegrada como si sobre ella hubiese caído un meteorito. Giré
mi cabeza nuevamente y vi que ella tenía un ojo abierto y otro cerrado pero de
su boca no salían palabras sino extraños ruidos. Me “ calcé “ unos calcetines,
valga la redundancia, y me dirigí a la cocina con los calcetines puestos.
Después de un despertar tan incierto aún tenía que hacer las torrijas que le
había prometido a mi suegra. Recolecté todos los ingredientes necesarios para
los suculentos manjares referidos anteriormente percatándome de que me faltaba
uno esencial: La leche.... Y no pude evitarlo y de modo impulsivo grité ¡
Leches no hay leche ! Y de repente el
gato de mi mujer empezó a maullar. Y digo de mi mujer porque el gato era suyo y
siguió siéndolo hasta que dejó de serlo. Era un gato con pedigrí y sello de
exclusividad. Ese fue requisito imprescindible para poder casarnos el de quedarnos con el gato a a pesar de mis
alergias, mis manías y mis celos. Y posiblemente él era el causante de todas
mis desgracias porque estaba tan mimado que le daban leche para desayunar ...
Y los minutos iban
pasando y el gato seguía maullando porque el quería su leche. Rebusqué por
todos los armarios y rincones de la cocina y en la nevera. Sin rastro. Y sí,
finalmente encontré un mini-brick de leche. Estaba inmerso en el objeto más
transitado de la cocina: El verdulero. Aquel lugar que como su propio nombre
indica sería para verduras pero donde se colocan todo tipo de cosas que no viene
al caso detallar en este preciso momento.
Imagino que después de
todo, todos quieren saber como terminó esta preciosa historia. Es muy sencillo
. Me quedé sin torrijas, sin mujer, sin gato y sin suegra. Las torrijas no pude
hacerlas por falta de ingredientes. El gato fenicio, feneció tras ingerir una leche en dudoso estado. Mi
mujer me abandonó porque nunca me perdonó lo del gato y lo de la torrijas de su
madre. Y mi suegra pues no lo sé pero eso ahora mismo tampoco importa
demasiado...
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