Enrique lanzó una última mirada hacia el cielo: un cristal negro. Mil aviones desgarrando ese silencio, era difícil de imaginar; sin embargo, las palabras se entrechocaban en su cabeza con ruido triunfal: ofensiva detenida, derrota alemana, voy a poder partir. Al llegar a la esquina dobló. Las calles olerían a aceite ya azahares, la gente conversaría en las terrazas iluminadas y él tomaría café auténtico al son de las guitarras. Sus ojos, sus manos, su piel tenían hambre; ¡qué largo ayuno! Subió lentamente la escalera iluminada. — ¡Por fin! —Paula lo oprimió como si lo hubiera recobrado después de largos peligros; por encima del hombro de ella, él miró el árbol de Navidad reflejado al infinito por los grandes espejos; la mesa estaba cubierta de platos, de vasos, de botellas; ramas de muérdago y de acebo yacían amontonadas al pie de un escabel; él se desprendió de ella y tiró su gabán sobre el sofá. — ¿Has oído la radio? Hay buenas noticias. —Ah, pronto, cuéntame. —Ella nunca escuchaba la radio; sólo de boca de él quería oír las noticias. — ¿No has notado cómo está de clara la noche? Se habla de mil aviones en la retaguardia de von Rundstedt. — ¡Díos mío! Entonces no volverán. —Nunca se trató de que volvieran. Para ser sincero, esa idea también había cruzado por su mente. Paula sonrió misteriosamente: —Yo había tomado mis precauciones. — ¿Qué precauciones? —En el sótano, al fondo, hay una piecita; le pedí a la portera que la vaciara; te hubieras escondido ahí. —No debiste hablar de eso con la portera; así se crean los pánicos. Ella apretaba con la mano izquierda los flecos de su chal como si estuviera protegiéndose el corazón. —Te hubieran fusilado —dijo—. Todas las noches los oigo: golpean, abro, los veo. Inmóvil, los ojos entreabiertos, parecía verdaderamente oír voces. —No ocurrirá —dijo Enrique alegremente. Ella abrió los ojos y dejó caer las manos. — ¿La guerra ha terminado realmente? —Ya falta poco. —Enrique instaló el escabel bajo la gruesa viga que cruzaba el cielorraso.— ¿Quieres que te ayude? —Los Dubreuilh van avenir a ayudarme. — ¿Por qué esperarlos? Tomó el martillo; Paula puso su mano sobre el brazo de él: — ¿No trabajas? — Esta noche no. —Todas las noches dices lo mismo. Ya hace más de un año que no escribes nada. —No te inquietes: tengo ganas de escribir. —Ese diario te toma demasiado tiempo; mira la hora en que vuelves. Estoy segura de que no has comido nada; ¿no tienes hambre? —Por el momento, no. — ¿No estás cansado? —Pero, no...
" Vivir no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir, y no dormir sin soñar. Descansar, es empezar a morir " Gregorio Marañón
sábado, 18 de abril de 2020
Fragmento de " Los mandarines " de Simone de Beauvoir
Enrique lanzó una última mirada hacia el cielo: un cristal negro. Mil aviones desgarrando ese silencio, era difícil de imaginar; sin embargo, las palabras se entrechocaban en su cabeza con ruido triunfal: ofensiva detenida, derrota alemana, voy a poder partir. Al llegar a la esquina dobló. Las calles olerían a aceite ya azahares, la gente conversaría en las terrazas iluminadas y él tomaría café auténtico al son de las guitarras. Sus ojos, sus manos, su piel tenían hambre; ¡qué largo ayuno! Subió lentamente la escalera iluminada. — ¡Por fin! —Paula lo oprimió como si lo hubiera recobrado después de largos peligros; por encima del hombro de ella, él miró el árbol de Navidad reflejado al infinito por los grandes espejos; la mesa estaba cubierta de platos, de vasos, de botellas; ramas de muérdago y de acebo yacían amontonadas al pie de un escabel; él se desprendió de ella y tiró su gabán sobre el sofá. — ¿Has oído la radio? Hay buenas noticias. —Ah, pronto, cuéntame. —Ella nunca escuchaba la radio; sólo de boca de él quería oír las noticias. — ¿No has notado cómo está de clara la noche? Se habla de mil aviones en la retaguardia de von Rundstedt. — ¡Díos mío! Entonces no volverán. —Nunca se trató de que volvieran. Para ser sincero, esa idea también había cruzado por su mente. Paula sonrió misteriosamente: —Yo había tomado mis precauciones. — ¿Qué precauciones? —En el sótano, al fondo, hay una piecita; le pedí a la portera que la vaciara; te hubieras escondido ahí. —No debiste hablar de eso con la portera; así se crean los pánicos. Ella apretaba con la mano izquierda los flecos de su chal como si estuviera protegiéndose el corazón. —Te hubieran fusilado —dijo—. Todas las noches los oigo: golpean, abro, los veo. Inmóvil, los ojos entreabiertos, parecía verdaderamente oír voces. —No ocurrirá —dijo Enrique alegremente. Ella abrió los ojos y dejó caer las manos. — ¿La guerra ha terminado realmente? —Ya falta poco. —Enrique instaló el escabel bajo la gruesa viga que cruzaba el cielorraso.— ¿Quieres que te ayude? —Los Dubreuilh van avenir a ayudarme. — ¿Por qué esperarlos? Tomó el martillo; Paula puso su mano sobre el brazo de él: — ¿No trabajas? — Esta noche no. —Todas las noches dices lo mismo. Ya hace más de un año que no escribes nada. —No te inquietes: tengo ganas de escribir. —Ese diario te toma demasiado tiempo; mira la hora en que vuelves. Estoy segura de que no has comido nada; ¿no tienes hambre? —Por el momento, no. — ¿No estás cansado? —Pero, no...
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