Cuando me disponía a salir por la puerta, entró Lena en la librería. ¡Precisamente
Lena! No la había visto desde hacía quince años, y estaba casi igual que
entonces: delgada y despampanante. Sólo que ahora también llevaba ropa cara y
elegante, que y o nunca había visto fuera de las revistas de famosos.
En tiempos remotos, Lena y y o habíamos trabajado juntas de editoras júnior
supermotivadas en la filial alemana de la editorial Penguin. Lena era ambiciosa
y tendía a dar codazos. Aun así, y o siempre le sacaba algo de ventaja. Al final,
incluso me ofrecieron un puesto en Londres. Se trataba de un empleo de ensueño,
con el que habría podido conquistar el mundo como había soñado desde que era
niña. Cuando Lena se enteró de la oferta, se puso verde de envidia.
Sin embargo, había conocido a Frank unas pocas semanas antes en un club de
recreo a orillas del Spree. Yo jugaba a voleibol con unos amigos, él llegó, explicó
que era nuevo en la ciudad, que había venido a estudiar Derecho, y preguntó si
podía jugar con nosotros. Lo miré a los ojos, de un azul profundo, y mi cerebro
dijo adiós, adiós. Entregó a mis hormonas las llaves de mi cuerpo y se fue de
vacaciones a tomarse unas caipiriñas en alguna play a del Caribe y a disfrutar
bailando limbo.
Paralelamente, el cerebro de Frank también se despidió. Y cuando dos
cerebros se despiden de ese modo, al cabo de nada se llega a situaciones en las
que uno se echa encima del otro en un arrebato de amor y, arrastrado por la
pasión, no le da mucha importancia a que el condón se salga. Con la
consecuencia de que al cabo de unas semanas te sorprenden unas náuseas
matutinas.
Cuando tuvimos en las manos el test de embarazo positivo, nos alegramos un
montón. Y eso que y o tenía claro que, con una criatura, no podría aceptar el
trabajo de ensueño en Londres. Pero amaba a Frank como nunca había amado a
nadie. Y desprenderme del niño…, sólo con pensarlo aún me venían más náuseas
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