De Cuentos de amor por Emilia Pardo Bazán (España, 1851-1921)
No son inauditos casos tales, y solemos leerlos en los periódicos; pero ocurren entre gente de clase humilde, de muy modesto estado, en esferas donde las conveniencias sociales no embarazan la manifestación franca y espontánea del sentimiento y de la voluntad.
Lo peculiar de la escena provocada por Micaelita era el medio ambiente en
que se desarrolló. Parecíame ver el cuadro, y no podía consolarme de no haberlo
contemplado por mis propios ojos. Figurábame el salón atestado, la escogida
concurrencia, las señoras vestidas de seda y terciopelo, con collares de pedrería;
al brazo la mantilla blanca para tocársela
en el momento de la ceremonia; los hombres, con resplandecientes placas o luciendo veneras de órdenes militares en el
delantero del frac; la madre de la novia,
ricamente prendida, atareada, solícita, de grupo en grupo, recibiendo felicitaciones;
las hermanitas, conmovidas, muy monas,
de rosa la mayor, de azul la menor, ostentando los brazaletes de turquesas, regalo
del cuñado futuro; el obispo que ha de
bendecir la boda, alternando grave y afablemente, sonriendo, dignándose soltar
chanzas urbanas o discretos elogios,
mientras allá, en el fondo, se adivina el
misterio del oratorio revestido de flores,
una inundación de rosas blancas, desde
el suelo hasta la cupulilla, donde convergen radios de rosas y de lilas como la
nieve, sobre rama verde, artísticamente
dispuesta, y en el altar, la efigie de la Virgen protectora de la aristocrática mansión, semioculta por una cortina de azahar, el contenido de un departamento lleno de azahar que envió de Valencia el
riquísimo propietario Aránguiz, tío y padrino de la novia, que no vino en persona
por viejo y achacoso -detalles que corren
de boca en boca, calculándose la magnífica herencia que corresponderá a Micaelita, una esperanza más de ventura para
el matrimonio, el cual irá a Valencia a pasar su luna de miel-. En un grupo de
hombres me representaba al novio algo
nervioso, ligeramente pálido, mordiéndose el bigote sin querer, inclinando la cabeza para contestar a las delicadas bromas y a las frases halagüeñas que le dirigen...

No hay comentarios:
Publicar un comentario